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Trump no manda solo: la ultraderecha gringa el poder que no se ve

Columna de Hierro

Por Eusebio Gimeno

Donald Trump no es el origen del deterioro democrático contemporáneo. Es su síntoma más visible, más ruidoso y más rentable. Creer que el problema empieza y termina en su figura es una simplificación cómoda, pero profundamente equivocada. El poder real que explica su ascenso —y el de otros liderazgos autoritarios— no se presenta a elecciones ni rinde cuentas ante la ciudadanía. Ese poder es estructural.
Detrás del espectáculo político existe una constelación de intereses económicos, financieros, tecnológicos y militares que opera a escala transnacional. No necesita dictaduras clásicas ni tanques en las calles. Le basta con gobiernos funcionales a la desregulación, la confrontación y el debilitamiento de los controles democráticos.


El capital financiero global —fondos de inversión y grandes bancos— no gobierna directamente, pero fija los márgenes dentro de los cuales se gobierna. Las políticas fiscales, la deuda pública y la estabilidad económica se diseñan para tranquilizar mercados antes que para proteger sociedades. Trump no rompió con ese orden: lo profundizó. El complejo militar-industrial encontró en su retórica beligerante un aliado ideal. Presupuestos récord, expansión de la industria armamentista y una política exterior basada en la amenaza permanente reforzaron un modelo que necesita conflicto para sostenerse. No fue un desliz: fue una coincidencia de intereses.

La industria energética fósil, acorralada por la transición climática, halló en Trump un defensor dispuesto a sacrificar regulaciones ambientales en nombre del crecimiento inmediato. El costo ambiental y humano quedó fuera del balance. Los grandes medios de comunicación no lo controlaron; lo amplificaron. Trump entendió que el escándalo es rentable y que la polarización mantiene audiencias. La democracia, en cambio, no siempre vende. A este entramado se suman las élites tecnológicas, cuyo poder ya no se mide solo en capital, sino en datos, algoritmos y capacidad de moldear percepciones. Un liderazgo que debilita regulaciones y normaliza el autoritarismo resulta funcional a esa concentración.


Nada de esto convierte a Trump en una marioneta. Lo convierte en un operador útil: un vehículo político que expresa, sin filtros ni pudor, una lógica de poder que prefiere sociedades fragmentadas, Estados debilitados y ciudadanos enfrentados. Por eso, remover a Trump —o a cualquier figura similar— no resuelve el problema de fondo. Mientras las estructuras que lo produjeron sigan intactas, otros ocuparán su lugar, con distintos estilos pero con la misma agenda. Defender la democracia no es solo ganar elecciones. Es recuperar el control democrático sobre el poder económico, militar y tecnológico. Todo lo demás es administrar síntomas. Y la historia demuestra que los síntomas siempre regresan. Y voy por más.

President Donald Trump points to a reporter to ask a question during a news conference at Mar-a-Lago, Saturday, Jan. 3, 2026, in Palm Beach, Fla. (AP Photo/Alex Brandon)