Dalia descubre que su marido ha desaparecido. Su vida y su trabajo como conductora de metro empiezan a derrumbarse; la violenta indiferencia de su entorno la envuelve en un oscuro túnel que parece no llevar a ninguna parte.
El día que Esteban desapareció fue un día común, como cualquier otro. Dalia (39) volvió a casa pasada la medianoche y Fabián (15) le informó que su padre no había llegado. La angustia se apoderó de ella conforme avanzaban los minutos y al amanecer le quedó claro que algo grave podía haberle pasado. Las cosas habían estado muy mal durante muchos años entre ella y su marido, pero eventualmente ambos se hartaron de pelear y dejaron de hacerse caso; resignados a la idea de seguir juntos por el bien de los niños y de su exigua economía. Hablaban poco, salían menos, y habían dejado de cuestionarse, presionarse y tratar de “cambiar” al otro. Dalia siempre pensó que a Esteban lo mejor que pudo pasarle fue que a ella le impusieran el horario nocturno en el Metro; le dio el espacio que siempre reclamó haber perdido al casarse con ella. En cambio, para Dalia ese horario nocturno siempre fue un dolor de cabeza; y ahora con los niños grandes la cosa había empeorado. Fabián le preocupaba cada vez más; ella había aprendido a aceptar la androginia de su hijo varón, sus gustos, su forma de vestirse y que de vez en cuando se maquille; pero los amigos de los que se había rodeado últimamente en la unidad habitacional de Balbuena en la que habitan la mantenían en un perpetuo estado de angustia: varios de ellos inhalan mona y a Dalia le aterraba la posibilidad de que Fabián acabara haciéndose adicto. Desde las entrañas de la ciudad, en el metro, dónde trabaja como conductora de un convoy en un agotador turno de 8 horas, entre las 16:00 y las 24:00 hrs, le resulta simplemente imposible supervisar a su hijo adolescente.

Con Sonia (17) su relación ha sido de mayor confianza, aunque más distante en lo afectivo; su hija siempre había tenido una actitud solidaria con las tareas del hogar y se había caracterizado siempre por una lentitud y parsimonia que, aparentemente, la alejaban de los riesgos que todas las jóvenes de su edad corren por el simple hecho de ser mujeres. “Sonia es fácil de seguir”, solía decir Dalia de su hija cuando era una niña pequeña. Esa idea aún sigue permeando la forma en que dialoga y se vincula con ella.
Todos los martes a las 12:30 PM Dalia entraba al motel Cambridge, sobre calzada de Tlalpan, y se reunía en alguna de sus habitaciones con Carlos López (49); ahí cogían vigorosamente y se entregaban todo el afecto que escaseaba en sus vidas durante el resto de la semana. Así había sucedido -con notable regularidad- desde hace unos siete años. Dalia lo conoció y se enamoró de él cuando Carlos López era el jefe de estación en Tacubaya. Su romance fue intensificado por las ambiciones políticas de él, que se oponía con vehemencia a la reelección de Mario Bernal, el líder sindical eternizado en el poder y quién, una vez reelecto, los castigo para darles un escarmiento: Carlos López fue degradado a coordinador de taquillas; y Dalia ubicada en ese horario nocturno que desgajó su vida familiar por completo.

Dalia sabía que Carlos López continuaba profundamente enamorado y que había albergado durante años la esperanza de que ella se decida a dejar a Esteban y se fuera a vivir con él. Pero ella le dejó abiertamente claro que no le haría eso a sus hijos y lo condujo, mediante persistencia, a una suave resignación. Para Dalia sus encuentros semanales con Carlos López solían estar revestidos de una urgencia sexual incontrolable. A pesar de ello, procuraba no darle nunca a su amante herramientas para que busque colonizar algún otro espacio de su vida; y aunque en ocasiones lo llegaba a tratar con desdén, en su fuero interno le aterraba la posibilidad de perder ese espacio de libertad y cariño que él le significa.
Hoy, con Esteban desaparecido, todo eso parece lejano para ella, casi como si fuera la vida de otra persona. Dalia enfrenta, desde su primer visita al Ministerio Público, la sospecha y los señalamientos revictimizadores que comienzan a resquebrajar su confianza en su propio entorno. Para las autoridades es rotundamente fácil señalar una posible infidelidad, la huida voluntaria de Esteban de su hogar o diferencias matrimoniales como primera hipótesis; y usar esto como pretexto para no iniciar protocolos de búsqueda oportuna de un desaparecido. Dalia comienza a sentirse profundamente desamparada y Carlos López no ayuda a mitigar esto: habiendo quedado plantado en el Hotel Cambridge -¿Es martes qué no te acuerdas?, se presenta en casa de Dalia con la intención de acompañarla y apoyar; pero queda muy pronto de manifiesto que su actitud no es ajena a la posibilidad de aprovechar la desaparición de Esteban para empoderarse en la vida de Dalia y quedarse con ella, aparezca o no su marido.

La revisión de la sábana de llamadas del celular de Esteban (que Dalia consigue no sin lamentables peripecias mediantes) no arroja datos conclusivos de ninguna índole. Las hipótesis comienzan a desatarse en las semanas y meses siguientes todas con una angustiante carencia de pruebas y un cariz absurdo que impiden establecer una ruta de búsqueda concreta:
- Esteban habría tenido otra familia o pareja y optó por desaparecer sin dejar rastro.
- Esteban fue víctima de un robo / levantamiento del narco / secuestro y algo salió
- Una venganza de Mario Bernal, desde el sindicato del metro por la oposición a su liderazgo.
- Un crimen pasional cometido por Carlos López para quedarse con
- Un asesinato cometido por la propia

Pronto Dalia comienza a tener problemas en el trabajo. La tarea de presionar autoridades y su necesidad de estar conectada permanentemente para estar atenta a cualquier llamada o para vigilar a sus hijos la lleva a renunciar al trabajo de más de una década que tiene conduciendo un convoy del metro. Dalia opta por montar un puesto de quesadillas en la unidad habitacional en la que vive, esto le generará problemas importantes con sus vecinos, que, de acuerdo con la misma actitud acusadora y conspiradora de las autoridades ven en toda víctima a un posible responsable de su propia tragedia. Dalia comienza a quedarse sola, con el paso del tiempo la desaparición de Esteban se normaliza y ella comienza a habitar sus espacios con la actitud de un fantasma. Ramón Lara, un viejo amigo punk de Esteban, repite la actitud de Carlos López, en un clásico malentendido machista piensa que la vulnerabilidad de la mujer de su amigo y su ausencia es una invitación tácita para acercarse a ella eróticamente.
Una llamada telefónica parece darle un vuelco a la situación: alguien llama desde el celular de Esteban, lo ha encontrado en el kilómetro 39 de la carretera a Teotihuacán, no da más información tras enterarse que se trata del celular de un desaparecido. Dalia acude a Carlos López para que la acompañe a recorrer la zona. Carlos López insiste en demostrar su profundo amor por ella y esto lleva a Dalia a romper definitivamente con él. Ante la evidente indiferencia e incapacidad de las autoridades para dar con Esteban, Dalia se une a un grupo de familiares de desaparecidos arropados por una ONG. Gracias a esto el flujo de información comienza a ser más abundante, pero también las frustraciones más constantes. Dalia visita morgues tratando de identificar el cuerpo de Esteban; consigue el acceso a las grabaciones de las cámaras de vigilancia de la ciudad e identifica a Esteban entrando a una estación del metro, pero en ninguna imagen se lo ve salir de ninguna estación. El misterioso hecho no encuentra explicación plausible por parte de nadie; incluso cuando se entrevista con el subsecretario de seguridad pública de la ciudad.

Esther, la presidenta de la ONG que arropa desaparecidos, invita a Dalia a participar en una campaña publicitaria para darle visibilidad al grave problema; su idea es peculiar: utilizar el rostro de Dalia para sensibilizar a la población como familiar de un desaparecido. Dalia preferiría que se utilizara el rostro de Esteban, alguien podría haberlo visto e identificarlo; pero Esther piensa que los rostros de los desaparecidos se hacen invisibles para los transeúntes, y no sucede lo mismo con el rostro de una mujer, esposa y madre ansiosa de que su marido vuelva a casa. Revictimizada y exhibida por la propia ONG que la arropa, Dalia no tiene opción más que aceptar, y el metro, y la ciudad se llena de carteles con su rostro, exigiendo justicia junto a la publicidad banal del día a día.
Carlos López reaparece y Dalia acepta reencontrarse con él en el hotel de siempre. Luego de un intenso y contingente encuentro sexual, Dalia lo cuestiona y le exige que le explique que hizo con su marido. Carlos López no sabe cómo reaccionar, niega cualquier relación con la desaparición de Esteban e intenta, desesperado, convencerla de sus profundos e irreductibles sentimientos por ella. Es demasiado tarde, su relación está completamente rota y es irrecuperable. En el mismo estado está la relación de Dalia con Fabián y Sonia, quiénes han optado por irse un par de meses a Ensenada, con su tía, huyendo de una madre carcomida por la angustia, la culpa y la indolencia de su entorno.
Dalia, sola, acude a un evento multitudinario de reclamo a las autoridades por su incapacidad para resolver los más de 30,000 casos que se han acumulado en los últimos años. En el camino observa su rostro en los espectaculares colocados por la ONG en el metro: pero nadie parece reconocerla a pesar de que su rostro está en todas partes. Para los pasajeros cotidianos, Dalia es apenas una mancha de dolor anónimo en una ciudad en la que nadie importa ya.

GENERALES DEL DIRECTOR
Nombre completo: Sergio Alejandro Gerber Bicecci
Fecha de nacimiento (día /mes / año): 15 de diciembre de 1977
Lugar de nacimiento (país y estado): Ciudad de México, México Dirección: Chilpancingo 26 int 3, CP 06170, Cuauhtémoc, CDMX. Teléfono casa / oficina: N/A
Teléfono móvil: 5551550677
Correo electrónico 1: alejandro.gerber.bicecci@gmail.com
Correo electrónico 2: mikirrays@gmail.com
Palabras del director sobre la película en inglés y en español (máximo 5 líneas para cada idioma, la información debe coincidir en ambos):
El tema de Arillo de hombre muerto es la indolencia. La forma en que la incapacidad de conmoverse ante la tragedia del otro configura una nueva violencia hacia la víctima. Una que lo despoja, no solo de un reconocimiento compasivo a su tragedia, si no también de rostro, identidad, y en última instancia de su propia persona. Esta es la historia de Dalia, la protagonista, quien vive en carne propia la desaparición de su marido, Esteban, el gran fantasma en esta narración.

Fénix de Kronos Magazine